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Los hermanos que le dijeron que no a Philips: el magnetófono gallego de 1942

Dos hermanos gallegos inventaron en un taller familiar una máquina que grababa sonido sobre hilo de acero, en plena posguerra y sin apenas componentes electrónicos disponibles. Cuando Philips quiso comprarles la tecnología, dijeron que no. Esta es la historia real, con su final agridulce.

Recreación conceptual (no es una fotografía histórica real): taller de radio y electrónica de los años 40 con herramientas artesanales, un carrete de hilo metálico fino en primer plano y un motor eléctrico bobinado a mano

Imagina que en 1942, en un taller familiar de Santiago de Compostela, sin apenas componentes electrónicos disponibles y con España aislada del resto del mundo, dos hermanos construyen una máquina que graba la voz humana sobre un hilo de acero más fino que un cabello. Años después, Philips —la multinacional que en esa época ya vendía radios y electrodomésticos por toda Europa— les ofrece comprarles la tecnología. Y ellos dicen que no.

La imagen de cabecera de este artículo es una recreación conceptual generada digitalmente, no una fotografía histórica real del taller ni del invento de los Portela Seijo —no se conserva ninguna fotografía de época verificable del aparato original que hayamos podido confirmar—.

Esta historia es real. No es una leyenda urbana gallega ni una anécdota inflada con el tiempo: está documentada por el testimonio de la propia familia y contada en prensa reciente. Y no es solo una curiosidad histórica bonita —es un caso real de lo que cuesta apostar por hacer las cosas a tu manera, con las consecuencias reales que eso trae, buenas y malas a la vez.

Quiénes eran José y Juan Portela Seijo

José Portela Seijo nació en 1907; su hermano Juan, en 1913. Cuando construyeron el magnetófono en 1942, José tenía unos 35 años y Juan unos 29. No eran aficionados que tropezaron con un hallazgo por casualidad: José ya había participado en 1933 —nueve años antes— en la instalación de una de las primeras emisoras de radio experimentales de Santiago. Era, en el lenguaje de hoy, un ingeniero de radio con experiencia real antes de meterse en este proyecto. Juan, por su parte, era músico formado en el conservatorio: aportaba el oído, el criterio sobre si lo que grababan sonaba bien o mal.

Los dos llevaban el negocio familiar “Radio Ondas”, un taller de radio y electrónica en la Rúa do Hórreo de Santiago de Compostela. Ahí, entre piezas sueltas y herramientas, construyeron su magnetófono.

Qué es exactamente un magnetófono de hilo de acero

Antes de seguir, merece la pena parar en la palabra clave: magnetófono. Hoy asociamos “grabar sonido” a un móvil o a una cinta de casete, pero la idea original es más sencilla y más física de lo que parece: si pasas un material que se puede magnetizar —como un hilo o una cinta de acero— por delante de un cabezal eléctrico mientras alguien habla o canta, ese cabezal puede “grabar” las variaciones del sonido como un patrón de magnetismo a lo largo del hilo. Después, pasando ese mismo hilo por otro cabezal, se puede leer ese patrón y convertirlo de nuevo en sonido. No hay tinta, ni surco físico tallado como en un disco de vinilo: es magnetismo puro, invisible a simple vista.

El invento de los Portela usaba un hilo de acero de aproximadamente 0,1 milímetros de grosor —casi del espesor de un cabello humano—. Los motores que movían ese hilo a velocidad constante los bobinaron ellos mismos, a mano, en su propio taller. No había fábrica de componentes de precisión a la que llamar por teléfono: si necesitabas un motor concreto, lo construías tú.

Un invento real, pero no el primero del mundo

Aquí conviene ser preciso, porque es fácil —y tentador— contar esta historia como “los gallegos que inventaron la grabación magnética”. No es así, y decirlo sin matizar sería quitarle rigor a una historia que no lo necesita para ser interesante.

La grabación magnética sobre hilo de acero existe desde 1898, cuando el danés Valdemar Poulsen patentó el Telegraphone y ganó con él el Gran Premio de la Exposición Universal de París en 1900 —donde, por cierto, grabó la voz del emperador Francisco José de Austria—. Entre Poulsen y los Portela hay una cadena real de desarrollo tecnológico en Europa: en los años 20, el alemán Kurt Stille mejoró el sistema con amplificación electrónica; en los años 30, Ludwig Blattner y después Marconi pasaron del hilo a la cinta de acero, y la propia BBC usó esa tecnología para grabar un discurso real del rey Jorge V en 1930. Casi en paralelo, Fritz Pfleumer y la empresa AEG desarrollaron en Alemania la cinta magnética con óxido —el antecedente directo de la cinta de casete que todos hemos usado alguna vez—, con un prototipo práctico ya en 1935.

Es decir: cuando José y Juan Portela construyeron su magnetófono en 1942, el principio físico llevaba 44 años inventado, y buena parte de Europa ya había avanzado hacia la cinta. El mérito real de los hermanos no es haber sido los primeros del mundo —no lo fueron—. Es haber replicado y mejorado ese principio con medios artesanales extremos, en un país en autarquía, sin acceso fácil a componentes ni a la literatura técnica que sí tenían a mano los ingenieros de Alemania, Dinamarca o Reino Unido. Según las fuentes que documentan el caso, su sistema de borrado y regrabado llegó a ser mejor que el de muchas cintas contemporáneas —una mejora técnica real, lograda desde el aislamiento, no desde la ventaja.

La oferta de Philips, y el “no”

A finales de los años 40, representantes de Philips —ya entonces una de las grandes multinacionales europeas de electrónica— viajaron hasta Santiago de Compostela. No fue una llamada de cortesía: llevaban una oferta real para comprar la tecnología que los hermanos habían desarrollado.

José y Juan dijeron que no. No querían vender la patente y ver cómo otra empresa fabricaba en serie, en otro país, lo que ellos habían construido con sus propias manos. Querían fabricarlo ellos mismos, en Galicia.

Es la parte de la historia que suena a gesto heroico, y en cierto modo lo es: rechazar dinero real de una multinacional por una convicción sobre quién debía controlar esa tecnología no es una decisión pequeña. Pero contar solo esta parte sería quedarse con la mitad cómoda de la historia.

El final real, sin edulcorar

El proyecto de fabricación en serie nunca llegó a completarse. En la España de posguerra, conseguir materias primas y el apoyo estatal necesario para montar una producción industrial era extremadamente difícil —la autarquía que les había obligado a inventar con lo que tenían a mano fue también, después, el obstáculo que impidió que su apuesta se cumpliera del todo.

Eso no significa que se quedara en un prototipo aislado que nadie llegó a ver. Construyeron, de forma artesanal, unas veinte unidades, que vendieron a instituciones como Radio Nacional de España y a particulares con recursos. Hubo producción real, aunque nunca a la escala industrial que habían imaginado al decirle que no a Philips.

La familia siguió trabajando en tecnología del sonido después de esto: años más tarde registraron una patente real, el “OrganSound”, en 1972. El negocio familiar, la tienda “Radio Ondas”/Portela Seijo, siguió abierto en Santiago de Compostela durante 85 años, hasta su cierre en marzo de 2024.

Por qué esta historia importa hoy

No es un cuento de héroes sin matices, ni una historia de fracaso. Las dos cosas fueron verdad a la vez: dos hermanos con talento técnico real construyeron, desde el aislamiento, una versión propia de una tecnología que ya existía en el mundo; tuvieron la oportunidad real de vender esa tecnología a una multinacional; y eligieron no hacerlo, apostando por una soberanía tecnológica que —al menos a la escala industrial que soñaban— no llegó a cuajar.

Es un caso concreto de algo que se repite constantemente en la historia de la tecnología: la decisión de controlar tú mismo lo que has construido, en vez de vendérselo a quien tiene más medios para fabricarlo, no siempre sale bien —y aun así, sigue siendo una decisión que alguien puede tomar con los ojos abiertos, sabiendo el coste real que implica.

Bibliografía

  • Cadena SER. «Los hermanos gallegos que inventaron un magnetófono y rechazaron vendérselo a Philips». Hoy por Hoy A Coruña, 26 de septiembre de 2026. Fuente principal, con el testimonio de los descendientes de la familia Portela.
  • El Español (Quincemil). «Portela Seijo, los hermanos gallegos que plantaron a Philips y no vendieron su invento: el magnetófono». 18 de enero de 2026. Segunda fuente independiente, confirma los hechos centrales y aporta el dato del grosor del hilo (0,1 mm) y la fecha de la patente OrganSound (1972); no se enlaza aquí por no tener una URL verificada de forma independiente en el momento de escribir esto.
  • Computer History Museum. Storage Engine. Museo de referencia sobre historia del almacenamiento de datos y sonido, consultado para el contexto histórico internacional de la grabación magnética (Poulsen, Stille, Blattner, AEG/Pfleumer); no se enlaza la página específica del Telegraphone por no haber podido verificar su URL exacta.